Cultura española

De Enciclopedia de la Nación, la enciclopedia libre.

Una de las fuentes más importantes de las que se nutren los programas separatistas contra España, y por tanto una de las fuentes de la idea de su disolución en naciones fraccionarias, es la Cultura en su concepción sustancialista. Digamos que la «temática cultural» está sirviendo como disolvente de la cohesión nacional española, colándose esta por ese verdadero sumidero que representa «el mito la Cultura».

Es, en efecto, en las Casas de la Cultura municipales, y en las Consejerías de Cultura autonómicas, así como en otras muchas instituciones dependientes administrativamente de estos organismos (museos populares, romerías, &c.), en donde se cultiva con más intensidad la idea metafísica de Cultura, según la cual la Cultura se concibe como una sustancia cuyos contenidos (que incluyen sobre todo la lengua vernácula, o el dialecto local o regional, el folklore, ceremonias o ritos diversos, ...) emanan espiritualmente del «pueblo» correspondiente (catalán, gallego, vasco) en tanto que «señas de identidad» propias, y cuyos rasgos, así concebidos, se hacen irreducibles a los de cualquier otro.

De este modo un cuadro de Dalí, por ejemplo, será interpretado, a través de esta idea sustancialista de Cultura, como una manifestación pictórica mediante la que se expresa el «pueblo catalán» como «seña de identidad» suya, y sólo por ello digno de ser conservado y administrado.

Crítica a la Idea metafísica de Cultura

Como contrapartida, no se puede defender una Idea de Cultura española sustantiva, igualmente mítica y oscurantista, ni una idea de Cultura española sustantiva frente a su descuartizamiento (y disolución) en culturas regionales defendidas por los partidos secesionistas (e instituciones afines). Sencillamente no se puede admitir una contraposición semejante (ni siquiera su armonización o «alianza») porque tal conflicto (o armonía) implicaría la presuposición de que existen las Culturas así sustantivadas, cosa que nosotros negamos por principio.

Las culturas no son sustancias, sino, más bien, sistemas institucionales que coexisten por razones históricas en un ámbito social determinado. Instituciones que, como rasgos culturales de esa sociedad (arquitectura, gastronomía o ceremonias varias), pueden tener su origen en ámbitos sociales muy diversos, pero que por difusión llegan a converger en esa sociedad conformándola culturalmente. Una coexistencia institucional que puede ser más o menos armónica o conflictiva en dicho ámbito, pero que, en cualquier caso, nunca se da (el conflicto o la armonía) entre sustancias culturales dispuestas en bloque --que no existen--, sino entre unas formas institucionales y otras cuyo desarrollo está siempre determinado históricamente (y no depende del «genio de la raza», el «alma de los pueblos», ni cosas por el estilo, nociones estas ahistóricas, completamente mitológicas, y de consecuencias políticas nefastas).

Así, las formas institucionales, en tanto que rasgos culturales de la sociedad española, serán características suyas porque bien por difusión desde otros ámbitos, o bien por transformación o por segregación, se han ido difundiendo y asimilando durante un proceso histórico ligado a la constitución de la Nación Española.

De modo que la cultura española no es una sustancia, ni tampoco las culturas regionales («autonómicas»), sino que es más bien un conjunto de instituciones que por razones históricas (y no prehistóricas, y mucho menos ahistóricas) han convergido en el ámbito español configurándolo culturalmente. Así, por ejemplo, la familia monogámica incompatible con la bigamia o con la poligamia, pero sí relativamente compatible con el divorcio (que precisamente evita caer en situaciones de hecho de bigamia permitiendo, por así decir, una sucesión de monogamias) son instituciones culturales, de procedencia romana, actualmente características (aunque no exclusivas) de España. En España, por poner otro ejemplo, no hay, por razones culturales (totémicas, tabús) ningún tipo de restricción (por lo menos absoluta) alimentaria (sí se mantienen, aunque con mucha laxitud, prohibiciones temporales de algunos componentes de la dieta -por ejemplo, durante la cuaresma-). Así, el jamón, procedente del cerdo, es un alimento común en la dieta de los españoles, incompatible, sin embargo, con el tabú alimentario del cerdo, institución esta común entre musulmanes y judíos (en general mucho más estrictos en sus prescripciones) que implica la ausencia del cerdo y derivados en su dieta (comida halal). La gastronomía porcina, tan rica en España, es incompatible pues con la gastronomía de influencia judía y musulmana (o más bien al revés, el judaísmo y el islamismo son incompatibles con la gastronomía española).


Difusión distributiva de la cultura española en las diversas culturas regionales

La cuestión es que las culturas regionales de España tienen una relación con la cultura española semejante a la relación que un género tiene con sus especies, de tal modo que la cultura catalana, andaluza, murciana, castellana, etc., no forman recintos cerrados, impermeables a la «cultura española», sino que ésta está filtrada, difundida a través de sus distintas especies locales o regionales formando la cultura española una totalidad distributiva que se manifiesta presente tanto en Cataluña, como en Murcia, Galicia, el Bierzo, Canarias, Andalucía... Incluso en cuanto que cultura hispana ni siquiera está restringida al ámbito peninsular, sino que está propagada por Hispanoamérica (en donde, además de la difusión de la lengua española, la propia estructura política y administrativa, entre otras muchas instituciones culturales, es resultado de la acción española en Indias).

Así, por ejemplo, el juego de pelota vasca, distintivo de la cultura regional vasca, en cuanto que apenas se ha difundido por el resto de España (aunque sí en algunas partes de América), no por ser practicado en una sola región, y no en otras, deja de ser una especificación de la cultura española. El juego de pelota vasca es tan español, precisamente por ser vasco, como lo pueda ser la lidia (mucho más difundida por España). Definir la cultura vasca al margen de la española para después confrontarlas por sus «diferencias» es, sencillamente, pedir el principio (como si existiese una cultura española al margen de la cultura vasca). Sería algo parecido a decir que los números enteros no son números por ser muy «diferentes» de los números naturales, como si el número se pudiese definir al margen de sus especies (naturales, enteros, racionales... ), y el natural fuese el número por excelencia: ¿acaso son «más número» los naturales que los irracionales?; del mismo modo, ¿acaso es más española la cultura andaluza o castellana, que la vasca o la catalana? El concepto de «diferencia», además, es un concepto relativo (adscrito a una relación comparativa de términos), no absoluto, y, por tanto, si una región tiene unos rasgos culturales diferentes de otra, es porque esa otra también es diferente de la primera. Si la cultura catalana es «diferente» de la castellana es porque la castellana también «es diferente» de la catalana, de la vasca, de la murciana (sería absurdo así subrayar que una es «más diferente» que la otra). Solo partiendo del prejuicio de que la cultura española se identifica con la cultura castellana, o con la andaluza, se pueden confrontar cultura española y vasca, o catalana, viéndolas así como «diferentes» de la española.

«¿Qué he podido decir yo en mi anterior artículo molesto a un catalán para que así arremeta contra mí? Pues simplemente decía que Cataluña no vivió un momento sola, sino siempre unida a las regiones centrales, a Aragón, a Castilla, no sólo política, sino culturalmente. Esto es lo que molesta; con una pertinacia tan ciega como hemos visto, se trata de negar todo lazo espiritual; ésta es, en su fachosa desnudez, la verdad de las cosas. Y ahora, ¿no ven ustedes que estoy cargado de razón cuando digo que el desamor perdura y que si su signo prevalece no es posible estructurar una España sino peor que la pasada, en que ese desamor se engendró?

Si esa psicología rencorosa fuese general, si el ensimismado exclusivismo del genial Prat de la Riba fuera a seguir de moda mucho tiempo, no habría sido inclinarse y decir tristemente adiós cuanto antes a esos hermanos que reniegan la fraternidad. Pero todos tenemos experiencias en contra y podemos afirmar que esos sentimientos, aunque dominantes entre los luchadores del régimen antiguo, no son generales, ni parecen ser los de las generaciones nuevas.

Pero si por transigir de momento con el viejo desamor, por una componenda para salir del paso, tomasen las hojas de la nueva Constitución cualquier pliegue funesto, ¡qué grave deformidad vendría en el cuerpo de España! La que siempre fue una nación, se convertiría en un simple Estado; compartimentos estancos, nacioncillas aisladas, cultivadoras del hecho diferencial, empeñadas en negar obcecadamente, como vemos, los lazo ideales, para quedarse sólo con los lazos materiales que convengan. Peor que un Imperio austrohúngaro.

No nos hagamos ilusiones. Si bajo esta psicología del resentimiento el Estado Español no tiene respecto de la región una prenda de unión espiritual en la enseñanza, la generación del desamor acabará por raer, con pertinaz trabajo de zapa, todo sentimiento de unidad espiritual; la fuerza moral de la nación, la única fuerza de los pueblos, será arruinada y la disgregación del nuevo Imperio austrohúngaro será rápida» (Menéndez Pidal responde a Rovira y Virgil en un artículo publicado en El Sol el 6 de septiembre de 1931).


Rasgos distintivos y rasgos constitutivos

Y es que cualquier diferencia institucional entre las regiones españolas enseguida es asumida, a través de esta metafísica de la cultura, como rasgo diferencial, considerando cualquier rasgo distintivo entre regiones como un rasgo constitutivo propio de cada comunidad autónoma, y levantando así entre ellas verdaderos muros culturales infranqueables (imaginarios sí, pero administrados políticamente bajo una orientación secesionista).

De aquí la necesidad de analizar críticamente la famosa cuestión de las «señas de identidad» de cada una de las «culturas fraccionarias». Las llamadas «señas de identidad» se corresponden con los rasgos distintivos (con los «hechos diferenciales») que muchas veces, casi siempre, tienen poco que ver con los rasgos constitutivos. Las llamadas señas de identidad encubren muchas veces la pretensión de asumir un rasgo distintivo como constitutivo, que se supone derivado de la misma sustancia de la cultura considerada, cuando acaso es un rasgo carente de valor, o dotado de un valor muy secundario, y en todo caso subordinado a los genuinos rasgos constitutivos. Así por ejemplo, el que en Cataluña se celebre San Jorge, puede ser un rasgo distintivo en relación al resto de España (que ni siquiera, porque hay otros lugares en los que también se celebra), pero no es un rasgo constitutivo como sí lo es el catolicismo que, sin embargo, no es distintivo de Cataluña. Precisamente es el catolicismo, como rasgo constitutivo de la identidad cultural española (incluida la catalana), por lo que la celebración de San Jorge podrá ser, si lo fuera, un rasgo distintivo de Cataluña.

Ello conducía al debate sobre el «hecho diferencial». Javier Arzallus, para explicar lo que le separa de un extremeño, lo concretó así: «Toda su forma de expresarse y de cantar, toda su forma de reunirse no es la mía. Como no lo es eso que llaman folklore, incluso la gastronomía, las formas de relacionarse, la confianza mutua, el concepto de amistad, de palabra, de jerarquización, de ordenación familiar.» Pero ese punto de vista da por supuesto que existe una pauta común vasca y otra extremeña en esos supuestos, lo que resulta difícil de tomar en serio. Ni todos los vascos son iguales a la hora de esas acciones, ni lo son los extremeños ni los ciudadanos de cualquier otra comunidad. (Miguel Platón, La amenaza separatista. Mito y realidad de los nacionalismos en España. Temas de Hoy, Madrid 1994, página 316)
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