Estudios sobre la República y la guerra civil española

De Enciclopedia de la Nación, la enciclopedia libre.

 (Editor), Estudios sobre la República y la guerra civil española [1974]. Sarpe, Barcelona 1985
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Raymond Carr (Editor), Estudios sobre la República y la guerra civil española [1974]. Sarpe, Barcelona 1985
Obra conjunta compilada por Raymond Carr que incluye trabajos de hispanistas tan importantes como Edward Malefakis, Richard Robinson, Stanley G. Payne, Burnett Bolloten, Ricardo Salas Larrazábal, Ricardo de la Cierva, Robert H. Whealey y Hugh Thomas. Fue publicada en español por la Editorial Ariel en 1974. La obra se divide en las dos partes que indica su título, con especial atención a la segunda, la guerra civil y sus causas. Desde los partidos políticos en la II República, las causas del estallido de la guerra, la intervención extranjera en el conflicto o las colectivizaciones agrarias de los anarquistas, temas de gran interés son analizados por los distintos especialistas. El resultado es un volumen de gran interés para introducirse en la temática más estudiada en la Historia de España contempóranea.
«El golpe final de aquella tormenta de huelgas, disturbios, incendios, tumultos callejeros y asesinatos tuvo lugar en Madrid la noche del 12 de julio. Oficiales de policía de tendencia izquierdista, devueltos recientemente a la guarnición de Madrid por el ministro del Interior, de izquierda republicana, asesinaron al líder de la oposición parlamentaria monárquica, Calvo Sotelo. En la historia de los regímenes parlamentarios europeos nunca había sucedido antes que la propia policía del Estado secuestrase y diese muerte a sangre fría a un líder clave de la oposición. Para muchos, esto fue un signo de que el radicalismo revolucionario se había salido de madre y campaba incontrolado y, en definitiva, que el sistema constitucional estaba definitivamente liquidado» (pág. 156)


«Se ha hecho muchas veces la pregunta de si podría haberse evitado el estallido de la guerra civil. Indudablemente que sí, pero no a mediados de julio de 1936. Por esa fecha, el odio, el sectarismo y la polarización política eran tan grandes que era poco menos que inevitable una u otra clase de huracán. La principal responsabilidad en esa situación correspondió a los que detentaban los resortes del gobierno: la izquierda republicana de Azaña, perteneciente a la clase media española. Del 19 de febrero al estallido de la guerra civil, estos hombres tuvieron el control exclusivo del poder ejecutivo. En la historia reciente de España ningún otro gobierno había ejercido tan en solitario el poder. Pero no lo utilizó de una forma imparcial y con perspectiva nacional, ni siquiera tuvo en cuenta la Constitución republicana; persiguió a las derechas y cebó a los revolucionarios casi de todas las formas concebibles, desde la legislación económica a las actuaciones policiales. Esta política fue al final suicida para los radicales de clase media; Azaña sólo la rechazó cuando ya era demasiado tarde.

La acostumbrada explicación de los defensores de aquel régimen de clase media izquierdizante fue que la administración Azaña no hizo nada para contribuir a la polarización dominante, y que fue simplemente víctima de ella, atacado por los extremos de derecha y de izquierda. Pero esta tesis no resiste el examen histórico. Salvo unas pocas horas de la mañana del 19 de julio, durante los tardíos esfuerzos para salir del precipicio, la administración Azaña no fue víctima de la izquierda revolucionaria, sino colaborador suyo casi sin reservas. Era la inevitable consecuencia de la distinción, nada liberal y anticonstitucional, hecha por la izquierda de clase media desde 1931 en adelante entre «verdaderos republicanos» -los de izquierda- y «criptofascistas» -los conservadores. En estas condiciones era totalmente imposible el funcionamiento estable de un gobierno nacional representativo; por eso la sustitución del gobierno de izquierda republicana por la dictadura revolucionaria a finales de julio de 1936 no fue en modo alguno una consecuencia ilógica de su teoría y sus tácticas políticas» (págs. 162-163).