Guerra Civil Española

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Conflicto bélico surgido tras el alzamiento militar y el frustrado golpe de Estado de un sector del ejército contra el Gobierno de la Segunda República Española. Dicho enfrentamiento asoló España entre el 17 de julio de 1936 y el 1 de abril de 1939, finalizando con la victoria del bando nacional y la instauración de un régimen militar y dictatorial a la cabeza del cual se situó el general Francisco Franco.

Tabla de contenidos

Prolegómenos. Las elecciones de 1936 y el Frente Popular

La situación de inestabilidad social y de divergencias entre partidos y generaciones de izquierda no se vio frenada tras la Revolución de Octubre de 1934, sino que se mantuvo e incluso se acrecentó con el paso del tiempo. Así, dos años después, tras la victoria del denominado Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936, que incluía en su seno a los partidos que habían protagonizado la revolución de Octubre de 1934, un grupo de militares consideraron que se iniciaba, ahora desde el gobierno, una reedición de la revolución de Octubre de 1934. A consecuencia de ello, el grupo de militares liderado por Emilio Mola y José Sanjurjo se alzó en nombre de la República y para frenar la posibilidad de una nueva revolución, esta vez desde el poder. El asesinato de José Calvo Sotelo, líder de Renovación Española y en la práctica jefe de la oposición parlamentaria, supuso el detonante de la sublevación del 18 de julio de 1936 que dio origen a la Guerra Civil Española.

Source(s): Guerra Civil Española (http://www.downloadranking.com)

Primeros meses de contienda

El derrumbe de la legalidad republicana se produciría pocos días después del 18 de Julio, al entregar el gobierno de José Giral armas a los sindicatos y generarse un estado de desgobierno que sólo pudo ser reconducido en septiembre, con un gobierno liderado por el socialista Francisco Largo Caballero y con miembros anarquistas y comunistas destacados. Sería éste el gobierno que intentaría organizarse ante la inminente llegada a Madrid de las tropas rebeldes lideradas ahora por Franco, que pese a su escasez en número habían podido avanzar desde el sur de España hasta pocos kilómetros de la capital, amparadas en su destreza militar y en la desunión del bando del Frente Popular por las divergencias existentes entre republicanos, anarquistas, socialistas y comunistas. Precisamente, el Partido Comunista de España fue el principal altavoz de la unidad dentro de ese bando, de cara a ganar la guerra, en oposición a los anarquistas, que pretendían realizar primero la revolución y después lograr la victoria ante el enemigo común.
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El 1 de Octubre de 1936 Franco fue proclamado generalísimo de los Ejércitos y Jefe de Estado del bando rebelde. A la izquierda de Franco aparece Miguel Cabanellas y a su derecha Emilio Mola y Saliquet
Tras consolidar en Sevilla sus posiciones gracias a Queipo de Llano, el bando rebelde penetró en el territorio dominado por el Frente Popular durante los meses de verano. Tanto fue así, que pese a no disponer en principio de grandes medios, el bando franquista se encontraba tras el verano a las puertas de Madrid. Pudo haberse decidido la guerra entonces, pero la ayuda llegada de la Unión Soviética, junto a las Brigadas Internacionales, supusieron un efecto moral y material muy importante para que la Batalla de Madrid no fuera ganada por los franquistas. A partir de entonces, lo que había constituido una guerra marcada por los escasos efectivos disponibles y la velocidad de las ofensivas, se convirtió en una guerra a gran escala y de desgaste, donde destacó la habilidad de las tropas rebeldes para abortar las ofensivas del Frente Popular, y la firme resistencia de estos últimos frente a los avances franquistas. Si los frentepopulistas habían reorganizado su gobierno, el bando rebelde proclamaría Jefe de Estado a Francisco Franco el 1 de octubre de 1936.

La Guerra en el Frente Norte

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Juan Modesto (izquierda) y Enrique Líster (derecha), dos de los principales militares comunistas, flanquean al Presidente Juan Negrín
La zona del norte de España se mantuvo leal al Frente Popular salvando Galicia y la ciudad de Oviedo, donde el coronel Antonio Aranda Mata, Jefe Militar de Asturias, proclamó su adhesión al alzamiento, teniendo que resistir ante el empuje de los milicianos del Frente Popular que controlaban toda Asturias, hasta que el 17 de Octubre, tras sufrir numerosos bombardeos y un poderoso cerco, las tropas provenientes de Galicia, mandadas en esta ocasión por el Teniente Coronel Jesús Teijeiro, penetraron en la ciudad desde San Claudio, siguiendo el camino de La Argañosa y rompiendo así el cerco de los milicianos sobre Oviedo. Esta ruptura del cerco permitió la apertura de un pasillo para lograr el abastecimiento de elementos básicos para la población. No obstante, los ataques y asedios se mantendrían hasta el año 1937.

Las divergencias objetivas entre las distintas fuerzas del Frente Popular, que quedaron de manifiesto en Octubre de 1934, volvieron a repetirse en la guerra civil, no sólo en conocidos episodios como las jornadas de mayo de 1937 en Barcelona, donde los comunistas emprendieron una guerra civil dentro del propio Frente Popular para acabar con el dominio anarquista (una primera guerra civil dentro del bando del Frente Popular), o ya en marzo de 1939, en Madrid, cuando una coalición de anarquistas, republicanos y socialistas se sublevó contra los comunistas, fuerza preponderante durante la guerra en el Frente Popular.

Evolución de la Guerra Civil desde julio de 1936 hasta octubre de 1937. Con rayas se representa la zona dominada por el bando rebelde; con puntos, la dominada por el Frente Popular. Fuente: , .
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Evolución de la Guerra Civil desde julio de 1936 hasta octubre de 1937. Con rayas se representa la zona dominada por el bando rebelde; con puntos, la dominada por el Frente Popular. Fuente: Raymond Carr, España 1808-1975.
En plena guerra se escenificaron las divergencias entre comunistas, que querían primero ganar la guerra y después hacer la revolución, y anarquistas, que ante todo querían hacer la revolución y, posteriormente, ganar la guerra. También las disensiones con el Partido Nacionalista Vasco, que mantuvo una actitud ambigua, perjudicaron notablemente al Frente Popular, atribuyéndole la caída del frente por firmar con los nacionales el famoso Pacto de Santoña.

Roto el Frente Norte, sobre todo a raíz de la caída de Santander en manos nacionales, en Asturias se intenta recomponer la situación de mando para evitar el caos formando el 29 de agosto de 1937 el Consejo Soberano de Asturias y León, presidido precisamente por Belarmino Tomás, el mismo dirigente que firmó la entrega de los revolucionarios de Octubre de 1934. Sin embargo, la actividad del citado Consejo fue muy escasa y apenas pudo evitar la disolución acelerada de la retaguardia del Frente Popular. El Frente Norte se derrumba definitivamente con la entrada en Gijón de las fuerzas nacionales, el 21 de octubre de 1937. Para entonces, ya desde mayo de 1937, el gobierno de Largo Caballero había sido sustituido por otro más filocomunista, encabezado por Juan Negrín, cuya consigna fundamental sería la de resistir al límite de las fuerzas, con el objetivo de enlazar la guerra civil española con el conflicto europeo que se consideraba cada vez más inminente.

La batalla del Ebro y la ruptura del bando del Frente Popular en dos

España en Julio de 1938, justo antes de la Batalla del Ebro. En color oscuro, zona dominada por el bando rebelde. Fuente: , .
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España en Julio de 1938, justo antes de la Batalla del Ebro. En color oscuro, zona dominada por el bando rebelde. Fuente: Fernando Díaz-Plaza, La Guerra de España en sus documentos.
Durante los meses de julio y noviembre de 1938 tuvo lugar la denominada Batalla del Ebro, en la que estuvieron involucrados unos 200.000 hombres entre los dos bandos, con abundante material bélico por ambas partes. Dada su amplitud en desarrollo, constituyó la batalla más sangrienta de la Guerra Civil, ya que perdieron la vida en ella más de 15.000 combatientes.

La batalla comenzó tras la pérdida de Teruel por las tropas frentepopulistas el 20 de febrero de 1938. Una vez que el 15 de abril las tropas nacionales llegan al Mediterráneo, las tropas retiradas de Teruel y de otros puntos cercanos se reúnen en el margen izquierdo del Ebro, que serán usadas para evitar que la ruptura del bando del Frente Popular sea mayor con la ofensiva preparada para que los nacionales tomen Valencia. Por ello, el general Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor Central, diseña un plan para obligar a los nacionales a distraer fuerzas del ataque a Valencia y así aliviar la situación del ejército de Levante. De ello resultaría una ofensiva masiva y por sorpresa a la margen derecha del río Ebro, dominada por los nacionales, abarcando así un frente de más de 60 kilómetros. Ofensiva sorprendente, ya que un río tan caudaloso era considerado poco menos que infranqueable en las condiciones bélicas existentes entonces.

Durante la batalla, en un momento de indecisión bélica, el 9 de septiembre de 1938 se produjeron negociaciones entre Negrín y el bando alemán en Suiza para conseguir una paz negociada en España, a cambio de la retirada de las Brigadas Internacionales. Sin embargo, la anexión de Checoslovaquia por Alemania, tolerada por Francia e Inglaterra, el 28 de septiembre de 1938, dejan como único frente para Alemania la guerra de España, al tiempo que Franco proclama su neutralidad en caso de que estalle un conflicto europeo. Desactivadas las tesis de Negrín, el 30 de octubre de 1938 Franco inicia una nueva ofensiva y el 17 de noviembre consigue la victoria final en la Batalla del Ebro.

Pese a la larga batalla y las duras condiciones y desgaste sufrido, el bando nacional logró vencer la resistencia y consolidar como un hecho la ruptura en dos del bando del Frente Popular, lo que sería un preludio de su victoria final.

El final de la contienda

Tras la ruptura del bando del Frente Popular en dos mitades, con la victoria de la ofensiva sobre el Ebro que produjo la llegada del bando franquista al Mediterráneo, la caída de enclaves tan importantes como Cataluña y la ciudad de Barcelona estaba muy próxima, lo que dejaría a los frentepopulistas sin acceso terrestre a la frontera francesa. Sin embargo, al temer Franco que una avanzada tan próxima a la frontera provocaría la alerta de Francia, no sería hasta febrero de 1939 cuando se consumaría la entrada sin apenas resistencia de las tropas rebeldes en Barcelona. Ante esta perspectiva, el 27 de febrero de 1939 Gran Bretaña y Francia reconocieron oficialmente al régimen de Franco como gobierno legal de España.

Quedaba, teóricamente, el bando del Frente Popular sometido a una derrota inminente. No obstante, aún disponía de una considerable porción del territorio español con importantes enclaves militares como Cartagena, lo que hacía pensar que la resistencia pregonada por Juan Negrín era posible. Aun así, un conjunto de personalidades de importancia dentro del Frente Popular, como el coronel Segismundo Casado, el anarquista Cipriano Mera y el socialista Julián Besteiro, trazaron un plan para derrocar al gobierno de Negrín y la influencia comunista, con el objetivo de firmar la paz con el bando franquista y poner fin a la guerra sin una resistencia que consideraban provocaría aún más muertes y no serviría para lograr la victoria.

Si, para sus propios fines, Prieto había apoyado a los comunistas contra Largo Caballero, pronto dejó bien sentado que no estaba dispuesto a ser su marioneta. [...] Cada vez mas pesimista, con el Presidente Azaña y Julián Besteiro, el socialista del ala derecha, aspiraban a poner fin al conflicto mediante un arreglo. Muchas fueron las tentativas en este sentido efectuadas durante 1937 y 1938, pero el General Franco, respaldados firmemente por Alemania e Italia y confiado en la victoria final, sólo estaba dispuesto a aceptar la rendición incondicional. [...] Desde que Negrín formara su nuevo gabinete en abril de 1938, afirma «El Campesino», la moral en el frente y la retaguardia no había cesado de bajar. «El odio a los comunistas llegó a ser tal en la masa del pueblo que, uno de los líderes del Buró Político hubo de decir en una reunión: No podemos retroceder ya; tenemos que mantenernos en el poder a toca costa, pues de lo contrario nos cazaran como alimañas por las calles». [...] a pesar de la inmolación de Checoslovaquia por Gran Bretaña y Francia en septiembre de 1938, a pesar del desastre de la batalla del Ebro y del rápido hundimiento de Cataluña sin resistencia en febrero de 1939, Moscú, antes de negociar su pacto de no agresión con Hitler en un último intento de volver el poderío militar alemán contra occidente- dio orden a los comunistas de proseguir la política de resistencia [...] exhaustos por una guerra prolongada sin esperanzas de victoria, los socialistas de izquierda y los anarcosindicalistas execraban el gobierno de Negrín –que el socialista Luis Araquistáin describió como «el mas cínico y despótico» de la historia de España, tanto como detestaban su política de resistencia. [...] Temiendo el golpe comunista, el coronel Casado, comandante del Ejército del Centro, que había estado conspirando con los dirigentes socialistas, republicanos y anarcosindicalistas para derribar a Negrín, formó un Consejo Nacional de Defensa, constituido por el General Miaja, Julián Besteiro y Wenceslao Carrillo (padre del líder Santiago Carrillo) [...] con la esperanza de negociar una rendición sin represalias. A las pocas horas, Negrín y su camarilla comunista, incluido Togliatti, Stefanov y La Pasionaria, todos los cuales habían evitado prudentemente instalarse en Madrid y se habían quedado en las proximidades del aeropuerto, cerca de la pequeña ciudad de Elda, en Alicante, huyeron en avión. Tan rápida fue su marcha, que no impartieron directrices a la organización madrileña del partido, la cual, con la ayuda de las unidades milicianas comunistas, trató en vano de derribar al Consejo de Defensa. [...] Con la huida de Negrín y su camarilla comunista de España, la política de resistencia había terminado. En el Consejo Nacional de Defensa recayó entonces la responsabilidad histórica de negociar un arreglo sin represalias. Pero frente a la resistencia del general Franco a una rendición incondicional, los esfuerzos del Consejo fracasaron y a fines de marzo las fuerzas de izquierda estaban en plena retirada.» (Burnett Bolloten, La Revolución Española [1979], Grijalbo, Barcelona 1980, págs. 639 a 653.)


Una de las grandes ironías de la guerra civil española es que terminó del mismo modo que empezó: con una insurrección de una minoría del ejercito republicano contra el actual gobierno republicano, basándose en que éste estaba dominado por los comunistas y a punto de ceder ante una dictadura comunista. La rebelión de Casado, que creó un Consejo de Defensa Nacional (aproximadamente la misma expresión utilizada por Mola en 1936) se inició en Madrid el 5 de Marzo de 1939, un día después que Negrín, mediante una serie de maniobras para tratar de asegurar la lealtad de lo que quedaba del Ejercito Popular, asignara a varios comandantes comunistas de alto rango puestos claves. [...] Mientras se enviaban instrucciones a los comandantes comunistas próximos a Madrid para que reprimieran la rebelión de Casado, los consejeros del Komintern, el personal soviético restante y los principales dirigentes del partido quemaron rápidamente sus documentos, preparaban las maletas y huyeron en los pocos aviones que quedaba. [...] No obstante, la disciplina militar comunista conservó su firmeza, y se libró una violenta batalla que duró seis días (...) Tal como ocurrieron las cosas, lo ocuparon todo excepto el centro de la ciudad, y poco después habrían capturado el resto si, finalmente, el Consejo de Defensa no hubiera recibido refuerzos de los cuerpos del ejército no comunista, mandados por el anarquista Cipriano Mera [...] Estos refuerzos hundieron la moral de las unidades comunistas, aunque no antes de que 2.000 soldados muriesen y ambos bandos, comunistas y socialistas con anarquistas se dedicaran a una breve ronda de ejecuciones políticas. (Stanley G. Payne, La revolución española [1972], Argos Vergara, Barcelona 1977.)


Derrocado el gobierno de Negrín en lo que fue una segunda guerra civil dentro del bando frentepopulista, las tropas nacionales entraron en Madrid durante los últimos días de marzo y se proclamó oficialmente el 1 de abril de 1939 como el final de la Guerra Civil Española.

Represión en ambos bandos

Las cifras sobre la represión practicada en la retaguardia por ambos bandos han sufrido importantes fluctuaciones, así como la aplicada en la posguerra por los vencedores. Algunos autores han pretendido justificar la represión del Frente Popular en su naturaleza presuntamente «espontánea», producida por el derrumbe de la legalidad, mientras que la represión del bando rebelde habría sido ordenada por mandos militares y por lo tanto perfectamente organizada.

Nada revela mejor el distinto engranaje que mueve a esas dos violencias que el ametrallamiento de dos mil trabajadores en la plaza de toros de Badajoz y la matanza de clérigos en la provincia de Lérida: matar campesinos era la prueba irrefutable del restablecimiento del orden; matar curas demostraba que la revolución estaba en marcha. Las ejecuciones y asesinatos cometidos en la zona rebelde obedecieron a decisiones tomadas por mandos militares o por sus aliados civiles -carlistas, monárquicos, tradicionalistas, católicos, fascistas- que consideraron la muerte de sus enemigos como un fin en sí mismo. Los asesinatos y ejecuciones en la zona leal fueron, por el contrario, resultado de la desaparición del Estado, del hundimiento de las normas.(Santos Juliá, Un siglo de España. Política y sociedad. Marcial Pons, Barcelona 1999, página 104)


Sin embargo, esta impresión que recogemos aquí carece a nuestro juicio de base, pues los partidos que pertenecían al Frente Popular, especialmente el Partido Comunista de España, organizaron las salas de tortura o chekas donde la represión y la tortura estaban perfectamente organizadas. Nada hace pensar en principio, antecedentes de Octubre de 1934 al margen, que la represión de un bando sea más disculpable que la de otro: la represión producida en ambos bandos tuvo como causa principal reforzar la moral propia, aparte de eliminar disidencias internas o «quintas columnas»: en el Frente Popular las represiones entre sus distintas fuerzas políticas tuvo un carácter ideológico que no existió en el bando franquista, como fue el caso de la represión comunista sobre los anarquistas tras las jornadas de mayo de 1937 en Barcelona, o la represión sobre el POUM y su líder Andrés Nin. En otras ocasiones la naturaleza del combate y la posibilidad de dejar la retaguardia desguarnecida fue la causa fundamental para reprimir al adversario inerme.

En general, la tendencia ha sido la revisión a la baja de unas cifras muchas veces infladas por motivos propagandísticos o ideológicos, y que sólo tras múltiples estudios de los registros de mortandad se ha establecido en unos términos ligeramente superiores en represaliados en el caso del bando vencedor (70.000 sobre 60.000 represaliados), con el matiz que el bando del Frente Popular practicó la represión en media España, mientras que el bando franquista pudo actuar en la totalidad del territorio nacional.

Casos particulares de la represión en la retaguardia hubo muchos durante la contienda, pero especialmente curioso fue el de la matanza en la plaza de toros de Badajoz, producida durante el asedio de las tropas rebeldes a esa ciudad en el verano de 1936. Pese a que resulta innegable que las tropas franquistas fusilaron indiscriminadamente, porque en su avance hacia Madrid consideraban que dejar milicianos en la retaguardia podría suponerles un problema, la propaganda contraria se inventó una supuesta masacre en la que los milicianos del Frente Popular habrían sido «toreados» y acribillados en el recinto taurino ante las fuerzas vivas de la ciudad. Algunos historiadores han vinculado esta propaganda con la necesidad de ocultar una matanza real que se produciría en Madrid en otoño de 1936: entre 2.500 y 5.000 personas, en su mayor parte civiles, serían fusiladas en los alrededores de la loma de Paracuellos del Jarama, en un período comprendido entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre de 1936.

No se podía distinguir entre combate y represión porque, desde el momento en que penetraron en la ciudad, no hubo nadie que diera órdenes para continuar o cesar el fuego. El coronel Puigdengolas huyó a Portugal. Los legionarios mataron a todo el que llevaba armas, incluso a unos milicianos que estaban en las gradas del altar mayor de la catedral. La plaza de toros se convirtió en campo de concentración. Muchos milicianos, y todavía mas carabineros, fueron fusilados por orden de Yagüe [...] (Hugh Thomas, La Guerra Civil Española [1961], Tomo I. Grijalbo, Barcelona 1978, pág. 405.)


El 27 de octubre de 1936, en La Voz, de Madrid, se publicó una versión completamente falsa de esta «matanza», en la que se acusaba a Yagüe de haber organizado una fiesta en la que había fusilado a los prisioneros ante la flor y nata de la sociedad de Badajoz, y que tuvo efectos desastrosos, pues provocó represalias en Madrid. (Hugh Thomas, La Guerra Civil Española [1961], Tomo I. Grijalbo, Barcelona 1978, pág. 405, Nota 7.)


Especialmente llamativa fue la represión practicada por el Frente Popular contra religiosos católicos durante la Guerra Civil, en una persecución religiosa que para algunos historiadores es una de las mayores de la historia. Alrededor de 6.800 religiosos, la cuarta parte de los existentes en España en aquella época, fueron ejecutados o incluso directamente asesinados en la retaguardia, sin que hubiera mayor móvil para ello que su condición de ministros de la Iglesia católica.

No menos controvertidas son las cifras de la represión de posguerra. Si bien inicialmente autores como Gabriel Jackson en su obra La República española y la Guerra Civil, cifraron en 200.000 los ejecutados por el franquismo en los años posteriores a la guerra, las cifras han sufrido una revisión importante, dejando en 50.000 las penas capitales ordenadas por los tribunales, de las cuales la mitad fueron conmutadas por penas de prisión. Serían por lo tanto 25.000 los ejecutados, cifra similar a la de la represión paralegal practicada en la posguerra mundial contra los colaboracionistas del Eje en países como Francia o Italia.

La ayuda internacional

Una de las cuestiones más difíciles de analizar respecto a la Guerra Civil es la ayuda internacional recibida por ambos bandos durante el conflicto. Para muchos historiadores, fue la clave de la victoria franquista, al haber sido estrangulado el Frente Popular por el denominado Comité de No Intervención en el que participarían Francia e Inglaterra. Sin embargo, el Frente Popular recibió una importante ayuda en lo cuantitativo de la Unión Soviética (decisiva para poder resistir en otoño de 1936 en Madrid a unas tropas franquistas que hubieran podido terminar la guerra conquistando la capital), al menos a la par de la ayuda recibida por el bando franquista de parte de Italia y Alemania; de hecho, el principal suministrador del bando rebelde tras la caída del frente norte en 1937 fue el propio Frente Popular, al apropiarse los vencedores del material abandonado por los frentepopulistas, cuyos blindados y aeroplanos disponían de mejores prestaciones que los alemanes e italianos. Quizás el aspecto más controvertido sea el carácter de la ayuda recibida y los fines de la misma. Si bien Italia y Alemania intentaron controlar a Franco, no sólo no lo consiguieron, sino que éste proclamó su neutralidad en 1938, cuando tras la anexión de Checoslovaquia por Alemania la guerra en Europa se consideraba inminente.

Por otro lado, la Unión Soviética intentó también mantener bajo su dominio al Frente Popular y en cierto modo lo consiguió mediante el apoyo del Partido Comunista de España, auténtico aglutinador de un bando dividido y principal receptor del material bélico, y con la llegada de las Brigadas Internacionales organizadas por la Internacional Comunista, que si bien no incluían en ellas a ningún ruso, no por ello pueden considerarse ajenas al mando soviético. De hecho, dentro de la lucha ideológica de la propia guerra, la Unión Soviética quiso presentar como un gesto de no intervención la retirada de España de las Brigadas en 1938, cuando en realidad ello obedecía a que las numerosas bajas sufridas por aquellas fuerzas de choque las había convertido ya en inútiles para la contienda.

La cuestión económica fue también decisiva a la hora de valorar el carácter de la intervención extranjera. No sólo el Frente Popular tuvo que abonar más dinero que el bando franquista para la ayuda recibida (600 millones de dólares habría pagado el bando nacional, por 750 millones del bando frentepopulista, según las estimaciones de Hugh Thomas), sino que sus pagos hubieron de ser realizados al contado (incluyendo las numerosas reservas de oro existentes en el Banco de España, cuya entrega comprometió el valor de la peseta en la zona del Frente Popular, quedando tremendamente devaluada al final de la guerra). Por el contrario, el bando franquista satisfizo el pago de la ayuda recibida por Alemania e Italia a crédito, dándose la circunstancia que la mayor parte de la cantidad la devolvió tras la II Guerra Mundial, cuando las economías de ambas naciones se encontraban en situación ruinosa por las pérdidas bélicas, y sus monedas tremendamente devaluadas.

Bibliografía

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