Hispanidad

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Término usado para designar a las naciones que comparten una Historia y lengua común, principalmente España y las repúblicas hispanoamericanas, que designa directamente a la lengua española y sus 400 millones de hablantes, la comunidad hispánica.

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El concepto de Hispanidad

El término Hispanidad es de acuñación añeja. La referencia más antigua de la palabra «Hispanidad» es la de Alejo Venegas, quien en su obra Tratado de Ortografía y Acentos, que data de 1531, habla de que Polio «encontró Hispanidad en Quintiliano». Quizá, en el mismo sentido, los escritores romanos encontraban en Quintiliano y en otros escritores hispano-latinos de aquellos remotos siglos una «hispanidad» análoga a la «patavinidad» de Livio; y según esto, la palabra hispanitas habría sido usada en el período más brillante de la literatura latina. Aunque está en duda esta referencia, no ofrece dudas la del humanista y latinista Filelfo (1398-1481), quien achacaba también a Quintiliano, «que tenía olor de hispanidad». Así, un término caído en desuso a comienzos del siglo XX, pero de clara reminiscencia clásica, es utilizado para designar la realidad de cuatrocientos millones de personas que hablan la misma lengua: el español.

En época reciente, se afirma que usó el término el Obispo de Oviedo, Ramón Martínez Vigil, con motivo de la inauguración de la basílica de Covadonga en el año 1901, a la que había definido como «la casa solariega de España y la Hispanidad», según se podía leer en la placa conmemorativa que había a la izquierda de la entrada de dicha basílica. Precisamente fue el ovetense José María González, conocido como Columbia (1880-1966), el principal artífice de que en el año 1918 se conmemorase el XII Centenario de la Batalla de Covadonga, vinculándola a la Virgen del lugar donde Pelayo, el primer monarca español, derrotó a los musulmanes. Así, el 8 de septiembre de 1918, con la presencia del rey de España, Alfonso XIII, junto al Cardenal Victoriano Guisasola, se procedió a coronar a la Virgen de Covadonga como Virgen de las Batallas. El año siguiente, la festividad fue adoptada en la provincia de Oviedo, posteriormente convertida en el Día de Asturias. Además, según la visión de José María González, la guerra mundial de 1914 había terminado el 12 de octubre de 1918. Así, Columbia vinculaba el final de la guerra al providencialismo de la Virgen del Pilar, el denominado por el ovetense Día de Colón, convertido así en Día de la Paz.

Sin embargo, sí parece que la palabra Hispanidad, a pesar de encontrarse en desuso en aquella época, tenía un significado bien fijado. Así, el clérigo Zacarías de Vizcarra (1880-1963), comentando la obra del presbítero Francisco Gutiérrez Lasanta afirma en 1946 que en el Diccionario de la Real Academia Española de 1817 aparece como sinónima de Hispanismo y también como el modo de hablar de la lengua española, apartado de las reglas comunes de la Gramática. Idéntico significado le confieren más adelante el Diccionario Enciclopédico Hispano Americano (1892) y la Enciclopedia Espasa, ya en 1925. Así, tendríamos el hispanismo, análogo al galicismo o al anglicismo, como la forma de expresarse propia de quienes usan la lengua española. Las menciones en esa época son habituales: Unamuno, que menciona el término en 1909, prefiere hablar de hispanidad antes que de españolidad; Antonio Machado, en 1937, habla en su discurso de clausura del Congreso Internacional de Escritores de Valencia como «un español consciente de su hispanidad», ambos en referencia a la lengua española.

Alrededor de la celebración del descubrimiento de América, el 12 de Octubre de 1492, y tras la constitución de las naciones hispanoamericanas independientes del Imperio Español, fue formándose una ideología que identificase históricamente a todas estas naciones, una vez que su unidad territorial había quedado fragmentada tras la caída del Antiguo Régimen y las guerras de independencia. Así, al celebrarse el cuarto centenario del descubrimiento de América, en 1892, un Real decreto de 23 de Septiembre, coincidiendo con determinaciones análogas de otros Gobiernos, declaró día de fiesta nacional el 12 de Octubre.

El «Día de la Raza»

El rótulo «Fiesta de la Raza» fue usado por primera vez para denominar a las celebraciones del doce de octubre de 1913, en un folleto distribuido por la denominada Unión Iberoamericana de Madrid, presidida por Faustino Rodríguez San Pedro (1833-1925), empresario de los sectores textil y azucarero, antiguo alcalde de Madrid (1890-1891) y exministro de Hacienda (1903), de Estado (1903-1904) y de Instrucción Pública (1907-1909) nacido en Gijón. Como alcalde, había dejado en proyecto que la ciudad se sumase al cuarto centenario del descubrimiento de América con una gran exposición en el Parque del Retiro.

Muy vinculado a la asociación Unión Iberoamericana desde su constitución, en el Paraninfo de la Universidad Central, el 22 de marzo de 1885, desde esa asociación impulsó la Real Orden de 17 de enero de 1888 que abrió las Academias Militares españolas a las juventudes hispanoamericanas, declarada de fomento y utilidad pública el 18 de julio de 1890. La Unión destacó en las celebraciones en 1892 del cuarto centenario del descubrimiento de América. Elegido presidente de la misma en 1894, San Pedro fue nombrado Presidente honorario el 25 de enero de 1920.

El doce de octubre de 1914 la Unión Iberoamericana celebró por vez primera la Fiesta de la Raza. Posteriormente, San Pedro lograría que el presidente Antonio Maura convirtiera la onomástica en Fiesta Nacional de España, según ley de 15 de junio de 1918. El argumento de la Unión Iberoamericana para denominar de tal manera al 12 de Octubre es el siguiente, expresado a través del discurso de San Pedro, como Fiesta de la Raza Española, «que ha tenido providencialmente la fortuna de llevar la bandera de la civilización y del progreso en aquella memorable empresa, realizada por Colón bajo los auspicios de la gran reina Isabel la Católica», persiguiendo un fin patriótico como es el de la unión con los países americanos que hablan la misma lengua y donde predominan, como elemento gobernante, los hombres de la raza ibérica.

Así, el Día de la Raza pronto se convirtió en fiesta institucionalizada. En Argentina comenzó a celebrarse el 12 de octubre de 1915 en la Casa de América y otros países hispanoamericanos se fueron sumando a la iniciativa. El 4 de octubre de 1917 el gobierno de Argentina, previa firma del presidente y sus ministros, declaró fiesta nacional el 12 de octubre, aunque en el decreto no aparece mencionado el Día de la Raza, pese a que la prensa utilizó esa denominación. A raíz del 12 de octubre de 1917 el Ayuntamiento de Madrid, en acuerdo con la Unión Iberoamericana, que la celebraba en su sede desde 1914, comenzó a celebrar la onomástica, y el 12 de octubre de 1922 se celebró la Fiesta de la Raza en Cádiz.

Por su parte, el periodista ovetense José María González García había propuesto en un artículo publicado el 6 de octubre de 1912, justo cuando se celebraba el primer centenario de las Cortes de Cádiz que promulgaron la Constitución de 1812, que España y las naciones hispanoamericanas celebrasen como Fiesta Nacional el 12 de Octubre, fiesta del descubrimiento de América. Sin embargo, la propuesta de Columbia quedó difuminada al convertirse en el «Día de Colón», festividad que instauraron los americanos anglosajones en algunos de sus estados en 1909, en clara alianza con los italianos emigrados a América. El objetivo de semejante denominación era destacar el papel de Cristóbal Colón, ahora rebautizado como «italiano», y difuminar el de España en la historia del continente americano. José María González, sin embargo, entendía en un sentido distinto al de la Unión Iberoamericana la fiesta del 12 de octubre, más «providencialista» como hemos visto. Sin embargo, tras comprobar que su Día de Colón desvirtuaba por completo el significado del asunto, Columbia defendió ya en 1947 la necesidad de hablar de un Día de la Raza o de la Hispanidad.

El «Día de la Hispanidad»

El sacerdote español Zacarías de Vizcarra, presente en la primera celebración del Día de la Raza en Argentina, fue quien propuso en 1926 la sustitución del término «Raza» por el de «Hispanidad» para las celebraciones del 12 de Octubre. El escritor Ramiro de Maeztu, que fue embajador de España en Argentina en 1928 y 1929, fue publicando entre 1932 y 1933 lo que sería su libro de 1934 Defensa de la Hispanidad. Fue precisamente el 12 de octubre de 1934, en el Teatro Colón de Buenos Aires, cuando el Arzobispo de Toledo, Isidro Gomá Tomás, impartió un discurso titulado Apología de la Hispanidad. En 1935 ya fue celebrado en Madrid el día de la Hispanidad, con discurso de Ramiro de Maeztu en la sede de la Real Academia Española.

Así, el nombre de Fiesta de la Raza atribuido al doce de octubre de 1918 por decreto de Antonio Maura se convirtió posteriormente en el de día de la Hispanidad a partir del año 1958, enlazando con la festividad de Nuestra Señora del Pilar, considerada patrona de la Hispanidad. En 1981 la conmemoración pasaría a considerarse Fiesta Nacional de España y Día de la Hispanidad, perdiendo su nombre segundo en 1987.

De hecho, en 1992, la conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América fue denominada eufemísticamente como «Encuentro entre dos mundos», rótulo que denota un relativismo cultural donde se pone a la misma altura las sociedades precolombinas de aztecas, mayas o incas con la sociedad española que fue capaz de concebir el proyecto de viajar hacia Asia para «pillar a los turcos por la espalda», encontrando en el camino un nuevo continente que cambió por completo nuestra forma de concebir el mundo. El mérito del descubrimiento de América fue en suma su carácter manifestativo. Al contrario de la llegada del hombre a La Luna en 1969, cuando Colón llega a América se ignora completamente al lugar al que se está llegando, y el proceso de exploración y conquista modifica por completo la visión que se tiene sobre el mundo.

¿Unidad política o identidad de pueblos que hablan una misma lengua?

Ramiro de Maeztu (1875-1936) en su Defensa de la Hispanidad (1934), define el término como el concepto que abarca a todos los pueblos que deben la civilización o el ser a los pueblos hispánicos de la península ibérica. También señala que el nombre Hispanidad se debe al sacerdote español Zacarías de Vizcarra para designar, al igual que cristiandad designa a los pueblos cristianos, a la totalidad de los pueblos hispanos. Su libro es una recopilación de artículos que fueron apareciendo en la revista Acción Española desde 1931. En el primero de ellos, titulado «La Hispanidad», señala que el término fue acuñado por Zacarías de Vizcarra para sustituir al de «raza», que da lugar a confusión pues los miembros de la Hispanidad conforman un verdadero crisol de razas:

«Veamos hasta qué punto los caracteriza. La Hispanidad, desde luego, no es una raza. Tenía razón El Eco de España para decir que está mal puesto el nombre de Día de la Raza al del 12 de octubre. Sólo podría aceptarse en el sentido de evidenciar que los españoles no damos importancia a la sangre, ni al color de la piel, porque lo que llamamos raza no está constituido por aquellas características que puedan transmitirse al través de las obscuridades protoplásmicas, sino por aquellas otras que son luz del espíritu, como el habla y el credo. La Hispanidad está compuesta de hombres de las razas blanca, negra, india y malaya, y sus combinaciones, y sería absurdo buscar sus características por los métodos de la etnografía». (Ramiro de Maeztu, «La Hispanidad» (http://www.filosofia.org/hem/193/acc/e01008.htm), en Acción Española, Tomo I, número 1, Madrid, 15 de Diciembre de 1931, páginas 8-9.)


Curiosamente, cuando Maeztu va definiendo en este mismo artículo lo que él denomina Hispanidad, no hace referencia a la lengua, sino a los elementos que identificaban históricamente a España y sus dominios durante la época del Antiguo Régimen: el catolicismo y la monarquía hispánica.

«De otra parte, habría muchas razones para dudar de que sea muy sólida esta unidad que llamamos hispánica. En primer término, porque carece de órgano jurídico que la pueda afirmar con eficacia. Un ironista llamó a las Repúblicas hispanoamericanas “los Estados Desunidos del Sur”, en contraposición a los Estados Unidos del Norte. Pero más grave que la falta del órgano es la constante crítica y negación de las dos fuentes históricas de la comunidad de los pueblos hispánicos, a saber: la religión católica y el régimen de la Monarquía católica española». (Ramiro de Maeztu, «La Hispanidad», en Acción Española, Tomo I, número 1, Madrid, 15 de Diciembre de 1931, página 10.)


Las reivindicaciones políticas tejidas alrededor del término Hispanidad, referidas sobre todo a la etapa del Antiguo Régimen, y destacando que la obra de España es la del catolicismo, han desvirtuado el uso del término. De hecho, este curioso eclipse de la lengua española tuvo también lugar en el discurso del Cardenal Isidro Gomá, quien presta atención principalmente al carácter católico de la Hispanidad, dejando en segundo plano el carácter de la lengua española que identifica a sus pueblos a día de hoy:

«La misma nomenclatura de ciudades y comarcas, con la que se formaría un extenso santoral; las sumas enormes que al erario español costaron las misiones y que el P. Bayle hace montar, en tres siglos, a seiscientos millones de pesetas; esta devoción profunda de América a la Madre de Dios, en especial bajo la advocación de Guadalupe, trasplantada de la diócesis de Toledo a las Américas por los conquistadores extremeños; y —¿qué más?— esta tenacidad con que la América española, desde Méjico, la mártir, hasta el Cabo de Hornos, sostiene la vieja fe contra la tiranía y las sectas, por encima del huracán del laicismo racionalista, ¿qué otra cosa es más que argumento invicto de que la forma sustancial de la obra de España en América fué la fe católica? Arrancadla de España y América, y no digo que nos quedamos sin la llave de nuestra historia, acá y allá, sino que nos falta hasta el secreto del descubrimiento del Nuevo Mundo, que arrancó de los ignotos mares España, misionera antes que conquistadora, en el pensamiento político del Estado». (Isidro Gomá Tomás, «Apología de la Hispanidad» (http://www.filosofia.org/hem/193/acc/e64193.htm), en Acción Española, Tomo XI, números 64-65, Madrid, 1 de noviembre de 1934, páginas 206-207.)


Sin embargo, pese a que España y América aún siguen siendo católicas, caracterización que no es desde luego una cantidad despreciable, y a pesar del enorme prestigio que mantiene la monarquía española en las repúblicas hispanoamericanas, no parece muy claro que el término Hispanidad, que previamente Maeztu distingue del de Cristiandad, se circunscriba a la religión católica y la monarquía hispánica, y no principalmente a la lengua española. Maeztu, Gomá y otros, pese a reconocer su particularidad anegan el concepto de Hispanidad en el de Cristiandad.

De esta manera, el concepto de Hispanidad se convertirá así en un elemento ideológico para determinadas fuerzas políticas que aspiran a reformar la unidad de los pueblos hispánicos, en torno a la autoridad de la monarquía española, aun en la forma de una federación de Estados. El propio Ramiro de Maeztu sugirió que la Hispanidad podría constituir una federación o confederación de pueblos hispanos, con el poder moderador de la Monarquía Hispánica, entendida ahora como Monarquía Católica, basada en la interpretación tradicional del catolicismo y en el corporativismo socio-económico, tan en boga en aquella época. Con ello se recuperarían los esquemas de identidad del Antiguo Régimen, el Trono y el Altar, pero ya dentro de la estructura de las naciones políticas posteriores a la Revolución Francesa.

Los orígenes del español

Por encima de los proyectos políticos a los que se asocia, la Hispanidad constituye la identidad de las repúblicas hispanoamericanas y de España que hablan una misma lengua, el español. Frente a tesis que afirman que habría al menos dos formas del español, el español de España y el español de América, los lingüistas suelen defender que lo que varía es el distinto uso que se realiza de un mismo idioma:

«Tomemos las cosas en su razón: no hay un español de América, sino que cada uno de esos dominios está vinculado a motivos geográficos, sí, pero también a otros sociales o históricos, y todo resultará enrevesado, de tal modo que un tinerfeño cuando habla se parece más a un puertorriqueño o a un venezolano que a un pastor del Pirineo. Y volvemos a estar en algo que los lingüistas sabemos muy bien: hay un sistema abstracto al que llamamos lengua en el que estamos todos, en el que todos están incluidos y en el que vemos un determinado ideal, por más que no lo practiquemos, pero hay otro sistema concreto y preciso que se realiza en cuanto damos virtualidad a la abstracción que es la lengua, y al que llamamos habla. Aquí caben cuantas diferencias queramos, pero el desmigajamiento no se produce porque sobre esos infinitos sistemas de realización está ese otro unitario que impide la fragmentación porque en él nos entendemos todos». (Manuel Alvar, Español en dos mundos. Temas de Hoy, Madrid 2001, página 80.)


De esta manera, lo que habría es el español de Castilla o castellano, el español del Caribe, el español del Altiplano o el español de la Pampa, pero estas variedades dialectales lo son de un mismo idioma, el español. Y este idioma común es el que permite las relaciones de transitividad y simetría que conducen a las de identidad de una comunidad de cuatrocientos millones de hispanohablantes, lo que podemos denominar como Hispanidad. Por eso mismo, la Idea de Hispanidad va indisolublemente ligada a la lengua española.

El español proviene del latín, implantado en la Península Ibérica con la dominación romana, sobre todo en su versión hablada, que se denomina como latín vulgar. Sin embargo, a partir del siglo III d.c. el Imperio Romano indica síntomas de descomposición, con las legiones romanas eligiendo a sus propios jefes y convirtiéndose en mesnadas de éstos, y los terratenientes modestos vendiendo sus propiedades para ponerse al servicio de los más poderosos, preludio de las relaciones de servidumbre, encomendaciones o behetrías. Así, tras el desmembramiento del Imperio romano, el latín hablado en Hispania fue divergiendo de las otras variantes del latín que se hablaban en las distintas provincias del antiguo Imperio.

Desde el momento en que la literatura fijó el tipo de la lengua escrita, se inició la separación entre el latín culto, que era el enseñado en las escuelas y el que todos pretendían escribir, y el latín empleado en la conversación de las gentes medias y de las masas populares. El habla corriente se fue apegando a usos antiguos y progresaba a su vez en sus innovaciones. Durante el Imperio Romano, se acrecentó la distancia entre el latín culto y el latín vulgar, de tal manera que la culta sólo la usaban en el siglo VII eclesiásticos y letrados, mientras la vulgar desembocó en las denominadas lenguas romances, el bajo latín de la Edad Media.

En la zona en que se forman los reinos cristianos, desde pocos años después del inicio de la dominación musulmana, comenzará una evolución divergente, en la que surgen varias modalidades romances; la catalana, la aragonesa, la astur-leonesa y la gallego-portuguesa, además de la castellana, que resultaría dominante entre la población de la península.

Durante mucho tiempo se ha pensado que los orígenes del idioma español se encontraban en las Glosas Emilianenses, documentos del siglo XI que fueron encontrados en San Millán de la Cogolla. Sin embargo, esa idea se encuentra hoy día discutida, al encontrarse en Valpuesta (Burgos) los Cartularios de Valpuesta, documento que retrotrae los orígenes del español al siglo IX, en pleno reinado de Alfonso II el casto. La Iglesia de Valpuesta, donde se encontró el manuscrito, fue una de las muchas que los reyes de Oviedo se ocuparon de fundar en su tarea de avance frente al Islam. El obispo Juan, con el apoyo del rey de Oviedo, Alfonso II, fundó el 804 la iglesia-catedral de Valpuesta, restaurando las iglesias destruidas en el Occidente de Alava, desde Orduña y el Valle de Losa hasta Orón, junto a Miranda de Ebro.

Además, el uso de ciertas expresiones, denota que los autores del cartulario utilizaron el español porque en ese momento no disponían de mejores palabras para expresar sus ideas, prueba de que el uso del romance estaba ya en plena expansión y era más habitual de lo que actualmente se cree.

El romance castellano aparece también en documentos notariales que si bien pretender emplear el latín, insertan voces de lengua vulgar. Las crónicas de la monarquía ovetense son bastante prolijas en ese sentido. Es el caso de lo que se afirma del rey Silo en la Crónica Albeldense: «a causa de su madre estuvo en paz con España [la Hispania visigoda]»: cum Spania ob causam matris pacem habuit. Así, el término latino Hispania se corrompe y toma la forma de Spania, la posterior España.

Este romance castellano se fue abriendo paso con la acción conquistadora de los reyes cristianos. En ese proceso, muchos hablantes del aún entonces castellano fueron trasladados para repoblar las nuevas tierras que se conquistaban, haciendo el uso del castellano cada vez más frecuente, frente a otras lenguas romances como el asturleonés, el gallego o el navarro-aragónes. Así, con el paso de los años, lo que era el castellano pasó a denominarse idioma español, pues su uso era común a toda España al contrario de lenguas vernáculas regionales como podrían ser el gallego o el catalán, que sólo se hablaban y aún se hablan en regiones localizadas. Hasta el siglo XI los dialectos romances tenían distribuciones muy diversas. Pero la hegemonía de los reyes emperadores castellanos, junto a su gran desarrollo literario el dialecto castellano se expandió hasta convertirse en la lengua de España, el español.

«La constitución de la lengua literaria española depende esencialmente de este fenómeno que tan reiteradas veces hemos observado: la nota diferencial castellana obra como una cuña que, clavada al Norte, rompe la antigua unidad de ciertos caracteres comunes románicos antes extendidos por la Península, y penetra hasta Andalucía, escindiendo alguna originaria uniformidad dialectal, descuajando los primitivos caracteres lingüísticos desde el Duero a Gibraltar, esto es, borrando los dialectos mozárabes y en gran parte también los leoneses y aragoneses, y ensanchando cada vez más su acción de Norte a Sur para implantar la modalidad especial lingüística nacida en el rincón cántabro». (Ramón Menéndez Pidal, «Orígenes del español. Estado lingüístico de la Península Ibérica hasta el siglo XI», en Obras completas de R. Menéndez Pidal, Tomo VIII. Espasa-Calpe, Madrid 1972, página 513.)


Una vez convertido en lengua de uso habitual al resto de lenguas romances, su carácter de español quedó claramente marcado: en 1492 Elio Antonio de Nebrija escribió su Gramática de la lengua castellana o española, la primera gramática de una lengua neolatina, convirtiéndose en lengua del Imperio precisamente tras el descubrimiento de América ese mismo año. Ese carácter de lengua ligada a un imperio le permitirá una expansión sin precedentes por todo el mundo. Gracias a la expansión por América paralela al Imperio español, se formó la realidad de cuatrocientos millones de personas que hablan español y forman la Hispanidad.

El contacto del español con otras lenguas americanas, cuyas gramáticas siguieron el modelo de la de Nebrija, provocó la inserción del español en contextos mucho más diversos y complejos, con la consiguiente ampliación de su vocabulario y área de difusión. De hecho, aunque durante la época imperial el español no era una lengua muy hablada en América, no superando el treinta por ciento, tras la independencia, en lugar de suceder como sucedió con el latín del Imperio Romano, la lengua española se difundió con más fuerza aún y se convirtió en el idioma oficial de las repúblicas hispanoamericanas. Ya en el siglo XIX, el español Juan Valera y el colombiano Faustino José Cuervo polemizaron acerca del futuro del español una vez caído el Antiguo Régimen y constituidas las repúblicas hispanoamericanas. Si bien el segundo defendía que sucedería lo mismo con el español que con el latín, el primero afirmó que el español se difundiría como nunca lo había hecho:

«La polémica de Cuervo y Valera no nos sirve para mucho, aunque tuviera valor ejemplar en su tiempo. Pensaban, sin duda, en la suerte del latín, pero hay algo que debemos tener muy en cuenta y que es dispar de cualquier pretensión. Roma difundió e impuso su lengua, pero al caer el imperio, se fue desmigajando la unidad. En el mundo hispánico las cosas ocurrieron de muy otro modo. Fijémonos en 1810, fecha inicial de las independencias hispanoamericanas, pues bien, 1810 es el comienzo de una difusión del español como nunca se había supuesto. Las naciones que habían alcanzado su independencia eran un mosaico lingüístico que sólo alcanzaba unidad en una lengua que las aglutinara. Esa lengua fue el español». (Manuel Alvar, Español en dos mundos. Temas de Hoy, Madrid 2001, página 113.)


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