La España imperial (1469-1716)

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, La España imperial (1469-1716). Edición española de Vicens Vives, Barcelona 1965
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John Elliott, La España imperial (1469-1716). Edición española de Vicens Vives, Barcelona 1965
Obra clásica del hispanista John Elliott, publicada originalmente en inglés y traducida al español en 1965, que ha servido de inspiración a muchos historiadores posteriores. Analiza la etapa imperial de España desde el matrimonio de los Reyes Católicos en 1469 hasta el fin de la dinastía Habsburgo en España y el establecimiento de los Decretos de Nueva Planta por parte de los Borbones en 1716, junto a la renuncia previa de las posesiones europeas del imperio, en el Tratado de Utrech de 1713. Destaca su brillante afirmación sobre el viaje de Cristóbal Colón: en lugar de afirmar que se le envió a Asia para alcanzar las especias, en realidad el viaje que produjo el descubrimiento de América en 1492 no tenía objetivos estrictamente económicos sino el principal de atrapar a los turcos pillándoles por la espalda.
Los motivos por los que Fernando e Isabel cambiaron de opinión en 1491 no están aún demasiado claros. Colón tenía amigos entre los altos cargos. Entre ellos se incluían el secretario de Fernando, Luis de Santángel, que ayudó a conseguir la financiación de la empresa, y el franciscano Juan Pérez, antiguo confesor de la reina, cuyo monasterio de la Rábida dio cobijo al explorador cuando solicitó por vez primera el favor de la corte. Pero es también probable que la proximidad de la victoria en la guerra de Granada contribuyese a inclinar a los monarcas a considerar con mayor benevolencia algunas de las pretendidas ventajas que habían de derivarse del proyecto. Si el viaje de Colón tenía éxito, significaría una ventaja sobre los portugueses y podría seguramente aportar riquezas a un tesoro exhausto. Por encima de todo --por lo menos en lo que hacía referencia a Isabel-- el proyecto podía resultar de crucial importancia en la cruzada contra el Islam. Si el viaje tenía éxito pondría a España en contacto con los países de Oriente, cuya ayuda era necesaria en la lucha contra el Turco. Podía también, con un poco de suerte, hacer volver a Colón por la ruta de Jerusalén y abrir así un camino para atacar al Imperio Otomano por la retaguardia. Isabel se sentía naturalmente atraída también por la posibilidad de poner los cimientos de una gran misión cristiana en Oriente. En el clima de intensa exaltación religiosa que caracterizó los últimos meses de la campaña de Granada, incluso la realización de los proyectos más descabellados parecía posible. La estrecha coincidencia entre la caída de Granada y la autorización de la expedición colombina puede hacer pensar que la última fuese a la vez una acción de gracias y un acto de renovada dedicación de Castilla a la tarea, aún incompleta, de la guerra contra los infieles(página 58).


Sin embargo, el proceder historiográfico de Elliott, pese a la brillantez de muchas afirmaciones suyas, ha de someterse a crítica por la extraña periodización que realiza. Hispanistas como Henry Kamen en su obra Imperio prolongan la existencia de la etapa imperial de España al menos hasta el tratado de París de 1763 o hasta la independencia de Hispanoamérica, como sería más ajustado señalar. El criterio de considerar terminado el Imperio por la pérdida de las posesiones europeas es tanto como negar la importancia de América en el Imperio español. Tampoco resulta convincente hablar del Imperio español como algo iniciado con los Reyes Católicos o con el Emperador Carlos V, pues ello supone olvidar la tradición de los reyes emperadores castellanos de origen medieval, pese a que Elliott dedica algunas páginas a estudiar la situación de los reinos peninsulares en la Baja Edad Media.

Por otro lado, Elliott escribió su obra en 1963 (fue traducida por primera vez al español en 1965 en la Editorial Vicens Vives), y aparte de la influencia de la Escuela de las Mentalidades francesa, su discurso está basado en las tesis de España invertebrada de José Ortega y Gasset, que considera el Imperio español un efecto de la decadencia propia de una raza goda asentada en la Península Ibérica por su «exceso de germanismo»:

Hay sin duda alguna una cierta paradoja en el hecho de que la obra de los dos más excepcionales creadores castellanos, Cervantes y Velázquez, esté penetrada de un hondo sentimiento de decepción y fracaso, pero la paradoja es un fiel reflejo de la paradójica Castilla de los siglos XVI y XVII. He aquí, en efecto, un país que había escalado las alturas y descendido a las profundidades, que lo había conseguido todo y lo había perdido todo, que había conquistado el mundo sólo para ser vencido después. Las realizaciones castellanas del siglo XVI fueron esencialmente obra de Castilla, pero también lo fue el desastre español del XVII, y fue Ortega y Gasset quien expresó esta paradoja del modo más claro al escribir lo que podría ser el epitafio para la España de los Austria: «Castilla ha hecho a España y Castilla la ha deshecho» (pág. 419).
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