
La Guerra Civil Española
De Enciclopedia de la Nación, la enciclopedia libre.
Hugh Thomas, La Guerra Civil Española [1961]. Grijalbo, Barcelona 1978, Volumen 2.
| «A finales de los años 50, la idea de escribir una historia general de la guerra desde un punto de vista histórico se les había ocurrido a varias personas además de a mí: al cabo de un mes de la publicación de la mía, apareció otra historia general escrita por dos franceses, Fierre Broué y Émile Témime. También se habían publicado ya para entonces una o dos monografías, como los dos libros del profesor Cattell sobre el comunismo y la política rusa, y el estudio un tanto inquisitorial de Burnett Bolloten sobre la actuación comunista, publicado al mismo tiempo que mi libro. Así, pues, en el extranjero «necesitaban» una historia de la guerra civil, al decir de los editores. Parecía que se habían enfriado las pasiones entre los que habían luchado o simpatizado con uno u otro bando. Al mismo tiempo, ya podía encontrarse mucho material disponible relacionado con la guerra civil que, en su mayor parte, no había sido aprovechado» (pág. 19). |
| «El anticlericalismo era comprensible en la España de los años 30, y los liberales entregados a la causa de liberar a la enseñanza y a la cultura de la opresión sofocante del catolicismo actuaban dentro de una gran tradición decimonónica. Pero en España, el verdadero problema cultural seguía siendo la falta de enseñanza. Por ejemplo, casi veinte provincias españolas tenían una tasa de analfabetismo del 50 % o más, y sólo dos provincias (Barcelona y la provincia vasca de Álava) tenían una tasa de menos del 25 %. Madrid tenía un 26%. Habría sido más prudente, y habría demostrado una mayor perspicacia, que la República se hubiera concentrado en la creación de nuevas escuelas, en vez de atacar a las órdenes religiosas que ya tenían buenos colegios, aunque exclusivistas, por mucho que el padre Montes hubiera irritado a Azaña en el colegio de los agustinos. Además, gustara o no, la Iglesia en España incorporaba una larga tradición en la vida española; en realidad, había creado el patrón de esta vida. Por lo tanto, era fácil decir que el anticlericalismo era un elemento de la «anti-España»; y muchos lo decían» (pág. 77). |
