Pedro II el Católico

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Nació en 1177 y sus padres fueron Alfonso II de Aragón y Doña Sancha, hermana de Sancho III de Castilla y tía de Alfonso VIII. Pedro II era primo del rey castellano, con quien mantuvo una férrea amistad y alianza. Con diecinueve años fue coronado, tras fallecer su padre en el año 1196.

Una de sus primeras medidas fue pactar una alianza con Alfonso VIII de Castilla contra Sancho el Fuerte de Navarra, aprovechando su presencia en África en el 1199. El rey castellano conquistó Álava y Guipúzcoa mientras que el aragonés se hizo con varios valles pirenaicos hasta Roncesvalles.

Sin embargo, la Corona de Aragón, pese a su alianza solidaria con Castilla, mantenía otro proyecto distinto al imperial castellano, y aunque Pedro II no se separó de su par castellano, sí que mantuvo la costumbre de guardar servidumbre al Papa, de ahí que se hiciese vasallo de la Santa Sede (de donde viene su epíteto de Católico) en 1204, al ser coronado con gran solemnidad en Roma por el papa Inocencio III. Como otros monarcas aragoneses, juró fidelidad y obediencia al pontífice, la defensa de la fe católica, la persecución de la herejía y pagar un importante tributo anual a la Santa Sede. En 1197 declaró la pena capital al hereje que se hallase en sus dominios. Esta situación, junto con el establecimiento del Tribunal de la Inquisición por orden del Papa para frenar las herejías de los cátaros y los valdenses, marcaban una gran distancia con el Reino de Castilla, ya desde sus orígenes ovetenses y leoneses, pues siempre luchó por mantener su independencia no sólo de otros reinos sino de la Santa Sede. De hecho, el Tribunal de la Inquisición en Castilla sólo se estableció en 1478, por indicativo expreso de los Reyes Católicos y su uso con fines políticos.

El mismo año de su coronación Pedro II contrajo matrimonio con María de Montpellier, nieta del emperador de Constantinopla, mujer a la que nunca amó pero con la que tuvo un hijo que le sobrepasaría en fama: Jaime I el Conquistador.

Entre 1209 y 1210 emprendió una campaña contra los musulmanes de Valencia, que habían llegado a amenazar Barcelona. Les arrebató varias plazas como Ademuz, Castellfabib y Sortella. Sin embargo, hubo de regresar a sus dominios para hacer frente a la herejía cátara. Reunió Cortes en Lérida y emitió un edicto contra los excomulgados que en el plazo de un año no abjurasen de sus creencias.

El momento cumbre de su reinado fue su participación en la batalla de las Navas de Tolosa junto a los reyes de Castilla y Navarra. En dicha batalla comandó el ala izquierda del ejército cristiano, mientras el ala central quedó a cargo del ejército castellano y la derecha del navarro. Dada la menor aportación de infantería por parte de navarros y aragoneses, sus alas fueron engrosadas por las milicias castellanas.

Así describió el arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada la entrada de la hueste de Pedro II en Toledo:


«Además, se incorporaron a las fuerzas en Toledo los nobles del rey de los aragoneses, famosos por su valentía, vistosos por su marcialidad, aprestados de armas y caballos, entre los que se contaban García Romero, Jimeno Cornel, Miguel de Lusia, Aznar Pardo, Guillermo de Cervera, el conde de Ampurias Ramón Fulcón, Guillermo de Cardona y otros muchos príncipes y barones y simples caballeros, además de un notable contingente de ballesteros e infantes. Acompañaba al noble rey una nutrida representación de sus nobles, admirable por su nobleza, valentía y número, a quienes la exquisitez de su porte, la brillantez de su amabilidad y lo sobrado de su valor distinguía de tal manera que no sólo infundían pavor a los enemigos, sino que se hacían merecedores de honra».


De regreso de la batalla, Pedro II se vio envuelto en las sangrientas luchas que se desarrollaban en suelo francés entre los católicos y los cátaros o albigenses. En virtud de la sumisión de Pedro II al Papa, éste no sólo debía autorizar el establecimiento de la Inquisición papal en sus dominios, sino que debió obedecer la desposesión de sus feudos a varios vasallos suyos que se enfrentaron con el Papa. Proclamada la cruzada, numerosos señores del Norte de Francia se pusieron a las órdenes de Simón de Montfort y se dirigieron a combatir a los cátaros en sus territorios. Sin embargo, Pedro II contravino su juramento ante el Papa y acudió en defensa de sus vasallos contra lo que consideraba una ilegítima expansión francesa por sus dominios occitanos.

Tras una noche de desenfreno, el 14 de septiembre de 1213, durante el asalto a la fortaleza de Muret en la que se hallaba Simón de Montfort y los suyos, Pedro II fue muerto de un lanzazo en el costado.

Bibliografía

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